San Domino, la cárcel gay

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San Domino: el oasis inesperado

De isla de confinamiento a la primera comunidad gay de Italia

En el Adriático, frente a la costa de Apulia, existe una isla cuya historia incomoda porque contradice la lógica del poder. San Domino, la mayor de las Islas Tremiti, no fue concebida como un refugio, ni como un lugar de encuentro, ni mucho menos como un símbolo de libertad. Fue diseñada para lo contrario: para separar, silenciar y corregir.

Y sin embargo, allí —precisamente allí— nació algo que el régimen que la utilizó jamás pudo prever: la primera comunidad homosexual reconocible de Italia.

Esta es la historia de cómo un lugar pensado para el castigo se transformó, casi sin quererlo, en un oasis.

Una isla al margen del mapa

San Domino es una isla pequeña, agreste, cubierta de pinares y rodeada de un mar que, según el día, puede parecer hospitalario o profundamente hostil. Su aislamiento fue durante siglos su rasgo definitorio. Administrativamente periférica, económicamente limitada y socialmente invisible, San Domino pertenecía a ese tipo de territorios que el Estado recuerda solo cuando necesita apartar algo de la vista.

Esa condición marginal explica por qué, a lo largo de la historia italiana, las Islas Tremiti fueron utilizadas como espacio de confinamiento. No por casualidad, sino por conveniencia: lejos del continente, fáciles de vigilar, difíciles de abandonar.

Cuando el fascismo necesitó un lugar donde esconder a quienes no encajaban en su ideal moral, San Domino ya estaba ahí, esperando.

San Domino, el fascismo y la homosexualidad

Como cuenta Michel R. Ebner en su libro “The Fascist Archipelago”, Benito Mussolini entendía que la homosexualidad era un vicio extranjero importado de Alemania o Inglaterra, pero nada que ver con Italia. Por ello, El Duce, nunca tipificó explícitamente la homosexualidad como delito en el código penal. No obstante, es cierto que en 1930 el Ministro de Justicia del régimen de Mussolini, Alfredo Rocco redactó una ley en que se sancionaba la homosexualidad como delito penal. Pero Mussolini, tras leerlo, ordenó retirarlo afirmando que “los italianos son demasiado machos para que haya homosexuales “.

Para el Duce, lo de legislar contra las prácticas homosexuales servía para promocionarlas, lo que era altamente peligroso, dado que podía poner en solfa el mito de la incuestionable virilidad italiana.

A diferencia de la Alemania nazi, Italia optó por una estrategia distinta: negar la existencia pública del homosexual como sujeto social.

En lugar de eso, era más inteligente el actuar en silencio, al margen de la ley, mediante palizas, acosos, redadas ilegales, extorsiones, etc.

Eso, por supuesto, si realizabas exhibiciones de tu opción sexual. Si reprimías tus sentimientos y tus deseos, no debías preocuparte, quedabas libre de la represión de las fuerzas del orden.

El 18 de junio de 1931 se emitió el real decreto n°. 773 que autorizaba “medidas de limpieza” contra todos aquellos que pusieran en peligro la moral y las buenas costumbres.

Para el fascismo italiano, la homosexualidad era una amenaza al ideal de virilidad fascista: masculina, productiva, reproductiva y militar. No debía discutirse, sino desaparecer.

Como han documentado historiadores como Giovanni Dall’Orto, esta negación no significó tolerancia, sino invisibilización forzada. La solución fue administrativa: el confino, una forma de exilio interno sin juicio, sin defensa y sin condena formal.

El estudio de La città e l’isola recoge numerosos expedientes policiales y testimonios que muestran cómo bastaba una denuncia, un rumor o una conducta considerada “escandalosa” para ser enviado a San Domino.

No eran criminales. Eran cuerpos incómodos.

San Domino la isla gay localización

San Domino como espacio de castigo

A finales de los años treinta, decenas de hombres homosexuales —en su mayoría procedentes del sur de Italia, especialmente de Nápoles— fueron confinados en San Domino. Llegaban con lo puesto, marcados por la vergüenza pública, separados de sus familias y expulsados simbólicamente de la nación moral fascista.

Uno de ellos, identificado bajo el seudónimo de Giuseppe B., recordaría años después en una entrevista publicada en la revista Babilonia:

«En ese entonces, si eras una femmenella no podías ni siquiera salir de casa, hacerte notar; la policía te arrestaría», decía al hablar de su ciudad natal, Nápoles.

San Domino no era una prisión cerrada, pero sí un espacio de vigilancia constante. Vivían bajo control policial, con restricciones de movimiento y sin posibilidad de decidir su futuro. Eran ciudadanos suspendidos.

Y, sin embargo, fue allí donde ocurrió la paradoja.

La paradoja del oasis

Por primera vez en sus vidas, muchos de esos hombres no estaban solos.

Procedían de contextos profundamente represivos, donde la homosexualidad debía ocultarse incluso dentro de la familia. En San Domino, obligados a convivir entre iguales, se produjo algo que el régimen jamás previó: el reconocimiento mutuo.

Giuseppe B. lo explicaba así:

«Por el contrario, en la isla celebrábamos el día de nuestros santos o la llegada de alguien nuevo… Hacíamos teatro y podíamos vestirnos como mujeres y nadie decía nada».

Aquello no era libertad —seguía siendo un confinamiento—, pero sí era un espacio sin la presión constante del juicio social. Allí podían existir sin fingir. Se crearon vínculos, afectos, relaciones sentimentales. Giuseppe B. recordaba que había romances e incluso peleas por amantes. Vida cotidiana, con todo lo que eso implica.

El castigo se transformó en comunidad.

Comunidad sin intención política

Lo ocurrido en San Domino no fue un acto de resistencia organizada ni un movimiento consciente. No hubo manifiestos ni consignas. Fue algo más elemental y, por eso mismo, más poderoso: la necesidad humana de vínculo.

Como subraya Goretti en La città e l’isola, el fascismo creyó que dispersaba; en realidad, concentró. Reunió en un mismo espacio a hombres que jamás habrían podido encontrarse en libertad. El resultado fue una experiencia colectiva inédita en Italia.

San Domino fue, sin pretenderlo, el primer lugar donde hombres homosexuales vivieron abiertamente como grupo.

El final del confino y el regreso al silencio

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 y el progresivo colapso del régimen fascista, el sistema de confino fue abolido. Los hombres debieron abandonar la isla y regresar a sus lugares de origen, muchos de ellos bajo arresto domiciliario.

Giuseppe B. recordaba que algunos lloraron al marcharse. No porque San Domino fuese un paraíso, sino porque significaba volver al silencio y a la vigilancia permanente.

No hubo reparación ni reconocimiento. Durante décadas, la historia quedó enterrada.

La memoria recuperada

No fue hasta años después cuando investigadores y activistas comenzaron a reconstruir lo ocurrido. El trabajo de Giovanni Dall’Orto y la investigación de Goretti permitieron rescatar esta memoria del olvido.

A esa recuperación histórica se sumó, en 2008, la novela gráfica In Italia Sono Tutti Maschi, que tradujo estos hechos a un lenguaje narrativo y visual, devolviendo rostro y voz a quienes durante años fueron solo números en archivos policiales.

La ficción no sustituye a la historia: la completa.

De isla de castigo a símbolo

Hoy, San Domino es un destino turístico tranquilo. No hay grandes monumentos ni memoriales imponentes. Pero su significado ha cambiado. Ya no es solo un lugar de exclusión, sino un símbolo de cómo incluso en condiciones de esclavitud moral pueden surgir comunidad, afecto y dignidad.

San Domino no fue elegido refugio. Se convirtió en uno.

El oasis como lección

Un oasis no siempre nace de la abundancia. A veces surge de la carencia extrema. En San Domino, la falta de libertad generó algo inesperado: un espacio donde, por primera vez, muchos hombres pudieron ser quienes eran sin esconderse.

No porque el lugar fuese justo, sino porque el mundo exterior era insoportable.

Recordar San Domino no es romantizar el sufrimiento. Es reconocer que incluso en los espacios diseñados para castigar, las personas crean vínculos, cultura y memoria.

San Domino pasó de ser una isla de confinamiento a un lugar respetado porque su significado cambió. No por decisión del poder, sino por la experiencia de quienes fueron enviados allí.

Y quizá esa sea su lección más profunda: los lugares no están condenados para siempre. Son las personas quienes los resignifican.

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