Las partes del ferro de las góndolas

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Ferro de la góndola: ¿qué significa?

El ferro es la pequeña armadura de hierro en la proa de la góndola. Es a la vez herramienta náutica y emblema urbano.

Italianamente te cuenta hoy, pieza por pieza, la iconografía que la tradición popular y los ojos atentos han ido atribuyéndole.

La primera vez que uno se acerca a una góndola, es fácil dejarse llevar por la elegancia general de la embarcación: su casco oscuro, su curvatura lenta sobre el agua, la serenidad que la distingue entre la multitud de embarcaciones venecianas. Pero si miras con atención la proa, descubrirás una pequeña escultura metálica: el ferro. No es un adorno menor. Es una de esas piezas en las que, técnica y mito se miran y se reconocen.

Hoy en italianamente, queremos conjugar la sensibilidad con la precisión, recorreremos cada uno de los elementos que conforman el ferro: desde la cola inferior hasta la corona superior, pasando por las barras horizontales y la barra que mira a la popa. Para cada elemento ofreceremos —de forma clara y sintética— su función práctica y la iconografía que la tradición ha tejido alrededor.

Pero antes del ferro, un poco de historia sobre las góndolas y los gondoleros.

En una ciudad como Venecia rodeada de agua, hubo que buscar hacia el siglo XI una solución para comerciar, para viajar y simplemente para vivir.

Las primeras góndolas se remontan al año 1090 y llegaron para quedarse ya que aunque hayan tenido numerosas transformaciones que ahora veremos, desde el momento de su creación han sido hasta ahora un pilar clave de Venecia y uno de los símbolos de la ciudad.

Los venecianos necesitaban barcos que pudieran navegar por las aguas de Venecia, pero no todas las embarcaciones podían hacerlo debido a la baja profundidad de los canales.

Ante esta necesidad, los mercaderes y pescadores, que eran quienes necesitaban este tipo de transporte, se les ocurrió crear la góndola.

Este nuevo invento fue diseñado específicamente para la laguna veneciana y desde sus inicios se caracterizó por ser propulsada únicamente por el remo y los brazos del gondolero.

La góndola es una embarcación artesanal con un diseño uniforme que pesa unos 700 kilos con 280 piezas distintas, entre ellas el ferro y construidas combinando 8 tipos de maderas, entre las que se encuentra el olmo, el abeto, el nogal y la caoba.

Y aunque la góndola parezca simétrica, no lo es, la forma característica de llevar una góndola hace necesario que la embarcación sea simétrica, de forma que resista la fuerza contraria al gondolero con la ayuda del remo, ubicado en la parte derecha de la embarcación y también llamado el remo de “forcola”, permitiendo al gondolero remar de manera más eficiente y maniobrar en los estrechos canales.

Góndola, ¿qué significa?

El término góndola viene de la unión de dos palabras: “dondolare”, que significa balancearse, y “cunula”, que se refiere a cuna.

Esto se debe a que las primeras góndolas eran más pequeñas y cortas que las que se utilizan en la actualidad, que llegan a alcanzar los 11 metros porque su forma recordaba a las antiguas cunas.

Y es que, hasta hace poco, hasta mediados del siglo XX, las góndolas venecianas solían tener una “felze”, que era una especie de bóveda que se colocaba en el centro de la góndola, con una pequeña puerta y una ventana cubiertas con una tela desmontable.

Esta bóveda protegía a los pasajeros del frío, la lluvia y la humedad, y tela que se quitaba cuando el clima mejoraba.

Además de que el “felse” cumplía la función de proteger a los pasajeros de miradas curiosas e indiscretas

Hasta el siglo XVI las novias iban en góndolas. Sentarse a plena vista, en un banco fuera del “felse”, era símbolo de distinción; y hacia el siglo XVII se sentaban sobre una lujosa alfombra dentro del “felse” abierto, permitiendo a las personas admirar a la novia.

Además, estas góndolas eran usadas a su vez como transporte para llevar a los fallecidos al cementerio de la ciudad que se encuentra en una isla.

Al principio sobre el siglo XII el “felse” era solo un toldo curvado con ramas o telas que luego acabó fabricándose de madera y que con el transcurso de los años los adornos del “felse” y de la góndola fueron haciéndose más opulentos y lujosos llegando incluso a decorarse como si se tratase de una casa con alfombras, braseros, telas preciosas, espejos y todo tipo de lujos para sus pasajeros.

Regular las góndolas

En el exterior se empezaron a tallar deidades marinas, flores y cabezas de grifo además de tener un farol que daba una luz tenue al interior del “felses”, haciendo incluso de las góndolas una guerra estética entre las familias nobles venecianas para ver quién tenía la góndola más ostentosa, lujosa y colorida de la ciudad.

Sin embargo, esta lucha terminó en el siglo XVI cuando llegaron los “proveditore alle pompe”, que eran como unos vigilantes de los excesos y que marcaron que no se podía exagerar el lujo ni en la forma de vestirse ni en las góndolas.

Por medio de una imposición se obligó a pintar todas las embarcaciones de negro, imitando los adornos exteriores que consistirían en un de caballos de mar y una proa con varias puntas (ferro), consiguiendo de esta manera que las góndolas fuesen prácticamente iguales.

Un “gondoliere” o gondolero en castellano como ya podréis saber es la persona que lleva la góndola.

En la época dorada de la República Serenísima de Venecia las familias adineradas tenían al menos una góndola familiar con su correspondiente gondolero y de los 10.000 gandoleros que hubo antiguamente, a día de hoy sólo quedan alrededor de 500 ya que es el número exacto de licencias que existen en la actualidad.

Llevar una góndola no es nada fácil y requiere de mucha fuerza, técnica y arte, y de ahí la frase “el arte de las góndolas”.

Durante muchos años la propiedad de las góndolas era privada y conseguir ser gondolero solo se podía si tu padre, tus antepasados, habían ejercido este oficio, es decir, era una profesión de carácter hereditaria y además exclusivamente masculina.

Así que, si en esas épocas habías nacido en una familia de gondoleros, tendrías la suerte de convertirte en uno de ellos.

Ferro Veneciano

Gondolero, ¿se nace o se hace?

En el caso de que una familia no tuviera descendientes o la única descendencia fuera femenina, se podían tomar aprendices que ejercían el oficio pero que nunca llegaban a ser propietarios de la góndola.

Durante una época, debido a las excentricidades de las familias nobles, los gondoleros eran vestidos con ropas recargadas y de llamativos colores, pero como se hizo con las góndolas por orden directa del gobierno, debieron empezar a vestirse todos iguales de manera sobria, hasta lo que conocemos a día de hoy, que según lo que dicta la regla de la asociación de gondoleros, estos deben vestirse con camiseta ancha de rayas en blanco y rojo o azul, pantalones negros de estilo clásico, zapatos o zapatillas de cualquier color, y de manera opcional, un sombrero.

Además, en invierno pueden llevar chaqueta con o sin mangas a rayas con una bufanda.

De manera gradual y a lo largo del tiempo, dejó de ser un oficio de carácter hereditario y pasó de ser una actividad privada a una pública gestionada por el Ayuntamiento de Venecia, el cual es el que se encarga de alquilar las licencias al gondolero de por vida, con la posibilidad de ser heredadas a sus hijos.

La licencia, que no el título de gondolero y en el caso de que estos renuncien a la licencia, volverán a manos del ayuntamiento que lo alquilará al primero de la lista de solicitantes, solicitantes que a día de hoy pueden ser hombres y mujeres.

Conducir una góndola es físicamente muy exigente y técnicamente muy difícil ya que es un barco de 11 metros de largo con forma asimétrica que para mantenerlo equilibrado pues no es nada sencillo sobre todo teniendo en cuenta los estrechos canales venecianos y las curvas que hay en ellos.

Llegan las gondoleras

Por ello ninguna mujer consiguió pasar las pruebas físicas hasta 2010 cuando Georgia Boscolo con 23 años se convirtió en la primera mujer gandolera de Venecia haciendo historia tras 900 años habiendo habido solo gondoleros masculinos.

12 años más tarde el número de mujeres aumentó a 4 siendo Gioia Monti, Sara Pila y Aurora Peliccioli, las últimas mujeres hasta el momento en conseguir el título de gondoleras.

Varias de ellas consiguiendo al fin poder seguir con el arte de la góndola que los hombres de su familia habían podido ejercer durante años.

Una de ellas, Gioa Monti incluso llevó a su futuro marido el día de su boda en góndola por los canales de Venecia.

Y es que para convertirse en gondolero, como ya habéis visto, no es nada fácil y requiere superar varios exámenes, realizándose estas oposiciones cada 3 o 4 años.

Por ello, muchos estudiantes apuntan a escuelas especializadas en el donde los preparan para superar los exámenes.

Como la prestigiosa escuela de los gondoleros, donde para poder acceder exigen pasar unas pruebas de remo, natación y salvamento.

En estas escuelas se estudia la física del remo, se pone a prueba la fuerza física, se aprende un idioma extranjero y se aprenden conocimientos de historia y arte de la ciudad.

Tras la formación se deben pasar las pruebas convocadas por el ente góndolar, que se dividen en teóricas y prácticas.

En las teóricas, los aspirantes deben demostrar un conocimiento de la geografía de Venecia, historia del arte veneciano, canales, puntos de interés turístico, al igual que conocer las regulaciones y normativas locales relacionadas con la operación de las góndolas y conocimientos de navegación.

También se les exige tener idiomas, al menos el poder comunicarse en un idioma extranjero, preferiblemente el inglés.

El “Traghetto”

Hay una embarcación que se llama “Traghetto”, muy parecida a la góndola y también llevada por gondoleros cuya función es facilitar los viajes rápidos entre las áreas suroeste y noroeste de la ciudad, divididas por el gran canal, ya que solo hay 4 puentes que lo crucen.

Al ser algo más sencillo estos trayectos, normalmente los gondoleros y aprendices adquieren práctica con estas embarcaciones.

Y no solo existe el arte de llevar la góndola, sino el de crearlas.

Los “Squeri” son pequeños astilleros ubicados en el centro de la ciudad y es un lugar donde nacen estas impresionantes embarcaciones donde se ha seguido con el arte de construir y reparar góndolas junto con otros botes típicos venecianos por parte de los “Squeraroli”.

En el interior, es donde se realizan las reparaciones y donde en el pasado en la planta superior vivían los “Squeraroli”, las personas encargadas de la creación y reparación de las góndolas. En los “squeri”, también se fabrican y reparan los ferros.

Se tarda unos dos meses en construir una góndola y solo pueden construirla los que dominan el arte y que siguen a un estricto código llamado “mariregole”, que se refiere a las regulaciones y normativas que rigen el tráfico acuático en Venecia.

Una góndola tiene una vida de unos 40 años aproximadamente, pero el mantenimiento es muy minucioso.

Hay que tratarlas tres o cuatro veces al año, ya que la madera se deteriora muy rápido debido al agua salada de la laguna. También deben de ser repintadas.

Entre todos los trabajos de mantenimiento que se realizan en  los “squeri”, los “squeraroli” ponen especial atención al ferro debido a la gran simbología que tiene entre los venecianos y lo que representa cada elemento que lo compone.

La cola curva inferior: la Gran Canal en metal

Mira la cola que se prolonga hacia abajo, casi como la cola de un arpón: es la curva larga que abraza la proa. Técnica y mito coinciden en una lectura sencilla. Desde el punto de vista hidrodinámico, esa proyección posterior ayuda a cortar el agua, a suavizar el avance y a compensar fuerzas que, de otro modo, harían tambalear la embarcación al remar. Es una solución de equilibrio.

Culturalmente, la curva ha sido asociada con el trazado del Gran Canal: la gran S que atraviesa Venecia, con su serpenteo y sus palacios, se refleja en esa línea metálica. La comparación no es exacta —ni pretende serlo— pero funciona como metáfora: la ciudad fluye, y el ferro, plantado en la proa, parece llevar ese flujo consigo. En la imagen mental del viajero, la curva inferior habla de movimiento y de la geografía líquida de Venecia.

Las seis barras frontales: los sestieri como costillas

Quizá la atribución más difundida sea la de las seis barras inclinadas que se adosan al cuerpo del ferro. Estas barras, a modo de pequeñas repisas o “costillas”, cumplen una función estética y técnica: matizan la masa total del hierro y contribuyen a su distribución. Pero la mirada popular las interpretó pronto como una representación de los seis sestieri de Venecia —los barrios que componen la ciudad: San Marco, San Polo, Dorsoduro, Cannaregio, Castello y Santa Croce.

La metáfora es efectiva: seis barras que miran lateralmente recuerdan a las viejas divisiones urbanas, como si la proa llevara en sus costillas la memoria de la ciudad. Para el visitante, esta interpretación transforma la pieza en un mapa condensado que funde lo humano (las calles y plazas) con lo técnico (las barras como contrapeso).

La barra que mira a la popa: la isla de Giudecca

Una de las barras del ferro apunta de forma distinta: orientada hacia la popa, como si señalara algo que queda atrás. La tradición moderna suele decir que esa barra es un homenaje a la isla de Giudecca, situada frente a la costa principal de la ciudad. Técnicamente no hay un motivo funcional que justifique precisamente esa orientación; es más bien una convención de la forma que, con el tiempo, se convirtió en significante.

Giudecca, con su perfil extenso y su relación con la vida obrera y naval de Venecia, encarna una presencia contrapuesta a la densidad del centro histórico. La barra que mira hacia la popa podría leerse como un guiño hacia esa porción de ciudad que queda “al otro lado”, un recuerdo de la periferia que sigue siendo parte íntima del paisaje veneciano.

La corona superior: el sombrero del Doge

En la parte superior del ferro suele apreciarse un saliente que corona la pieza. A veces se dice que esa parte remite al “sombrero del Doge”, una referencia directa al poder y la ceremonia. La imagen es poderosa: el Doge, en su trono y con su gorro distintivo, encarna la autoridad histórica de la República; el ferro, por su posición en la proa, parece llevar sobre sí esa pequeña corona simbólica.

Desde un punto de vista funcional, la corona superior contribuye a la estética de la pieza y a su equilibrio visual. Pero la identificación con el gorro del Doge es la clase de lectura que convierte un objeto utilitario en emblema: una ciudad que se mira en su barco y reconoce allí sus insignias.

El ojo o hueco central: puente, cuenca, mirada

Muchas versiones del ferro tienen un orificio o un hueco en la parte central, una “ventana” que rompe la masa del metal. Hay quienes interpretan ese vacío como una alusión al Ponte di Rialto o a la cuenca de San Marco: vacíos urbanos que, como el orificio, estructuran la ciudad. Otro modo de verlo es más poético: ese hueco es un ojo que mira el agua y al horizonte, una apertura que permite ver la ciudad reflejada.

Técnicamente, el hueco reduce peso sin comprometer la resistencia estructural; simbólicamente, es un recuerdo de los vacíos —plazas, canales, puentes— que hacen posible la forma de Venecia. El ojo del ferro, entonces, es también un espejo.

Material y brillo: de la función a la narrativa

El hierro del ferro no es inmutable. Su volumen, su peso y su tratamiento —pulido, ennegrecido o envejecido— responden a decisiones que combinan longevidad y apariencia. El metal, por su brillo o su pátina, dialoga con el agua y con la luz del día: se ilumina en la aurora, adquiere tonos dorados al atardecer y se oscurece con las nubes.

Si pensamos la iconografía, el acabado del hierro puede leerse como una segunda piel: brillante cuando la ciudad quiere mostrarse; mate o envejecido cuando la memoria histórica exige gravedad. En cualquier caso, el material es parte del lenguaje.

Ornamentaciones y variaciones: signos personales

No existe una única forma de ferro. Hay variaciones que dependen del taller, del gusto del gondolero o de la época. Algunos ferros tienen ornamentos más trabajados, otros mantienen una sobriedad rigurosa. Estas diferencias pequeñas son equivalentes a los matices dialectales de una lengua: no cambian la gramática, pero aportan ritmo y personalidad.

En algunos casos, los detalles se vuelven signos de identidad: una familia de gondoleros puede preferir un remate particular; un cierto taller puede haber popularizado una curva o una terminación. Así, el ferro funciona también como firma artesanal.

Iconografía moderna: mapas y leyendas

En los últimos siglos, surgieron lecturas cada vez más explícitas: guías, folletos y explicaciones para turistas consolidaron la idea de que cada barra, cada curva, cada ojo equivalía a un elemento urbano. Estas lecturas no siempre nacen de documentos antiguos; muchas son invenciones recientes que se alimentan de la necesidad humana de contar historias coherentes.

Sin embargo, aunque sean modernas, estas leyendas funcionan como parte del patrimonio inmaterial: convierten el ferro en mapa, en poema breve. El turista que escucha la explicación siente que se le revela un secreto de la ciudad; el veneciano, a veces, asiente y a veces sonríe sabiendo que la verdad histórica es menos didáctica pero igualmente rica.

La proa asimétrica y la razón del contrapeso

Para entender el ferro conviene recordar un dato técnico fundamental: la góndola no es simétrica. Para permitir la remada con un solo remero, la quilla y el balastreo se ajustan de forma que la embarcación compense la fuerza del remo. El ferro cumple precisamente ese rol: es contrapeso y afinador de trayectorias. Sin esta pieza, la maniobra sería más complicada y la embarcación, menos estable.

Esta explicación técnica es la columna vertebral sobre la que se asientan las demás lecturas: todo símbolo pierde sentido si se separa de la necesidad que lo generó. La belleza del ferro nace, en gran medida, de esa unión entre utilidad y forma.

Cómo mirar el ferro: una guía para el viajero atento

Si estás en Venecia con tiempo para mirar, haz lo siguiente: acércate a una góndola en reposo, observa la cola inferior como si fuera una línea de paisaje; cuenta las barras; fíjate en la orientación de la que apunta hacia popa; busca el hueco central; examina la corona superior; observa el acabado del hierro. Cada detalle cuenta.

Anota lo que ves y escucha las explicaciones del gondolero: a menudo las historias que te contarán no son puras verdades documentales, pero sí son relatos vivientes de la ciudad. Guardar esas historias es parte del viaje.

El ferro, una pequeña escultura que narra una ciudad

El ferro de la góndola es, al mismo tiempo, una solución técnica y un dispositivo narrativo. Sus partes —la cola curva, las barras, la barra orientada, la corona, el ojo central— funcionan en dos claves: la del agua y la de la memoria. Una es la razón; la otra, la imaginación que convierte la proa en mapa, en emblema, en prólogo del viaje.

Al final, lo importante no es decidir si la interpretación es “verdadera” o “inventada”, sino reconocer que ambas dimensiones conviven. Venecia es una ciudad que se lee en metal y en agua; el ferro resume esa lectura. Mirarlo despacio es aprender a escuchar la ciudad en pequeñas señales.

Esperamos vuestros comentarios en nuestro blog. Saludos!!

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