El santo o el hereje Savonarola.

Girolamo Savonarola nacía un 21 de septiembre de 1452 en Ferrara, Italia. 565 años después de su nacimiento, el Tribunal eclesiástico de Florencia mantiene abierta su causa. Aún queda por dilucidar si Savonarola pasará a la historia como santo o como hereje.

Tal vez haya que esperar algunos años para que los expertos del Tribunal eclesiástico hagan pública la resolución de la «causa Savonarola». En cualquier caso, convendría aclarar que en la vida no hay santos ni herejes a tiempo completo. Como diría nuestro Ortega y Gasset, todos somos hijos de nuestras circunstancias. Para intentar comprender a Savonarola hay que comprender su contexto. Un contexto, el ocaso de la Edad Media, donde unos requieren avanzar y donde otros necesitan permanecer.

Una centuria, la del Siglo XV, marcada por un debilitado pensamiento teocrático que se resiste a desaparecer del todo. Girolamo Savonarola no fue más que el precursor de otros tantos que, recogieron el testigo de una etapa anterior. Una Edad Media marcada por fuertes cismas heréticos. Hombres posteriores llegaron con los mismos propósitos. Martín Lutero, Enrique VIII o el propio Juan Calvino, recogieron el testigo del fraile Savonarola.

La iglesia oficial católica no supo tener mano izquierda con los reformadores. Por su parte, todos ellos tenían un mismo propósito: que el cristianismo volviera a sus orígenes nobles. En el camino, a todos se les fue la mano. Todos cometieron excesos. El poder, político o religioso, obnubila la razón. Jerónimo de Savonarola no fue una excepción. Su certeza absoluta de imponerse como profeta a la sociedad civil florentina, primero le valió la simpatía de unos. Posteriormente, el rechazo de todos.

Su temperamento exaltado tal vez no le hizo ser prudente en sus actuaciones. Tampoco supo plantear sus reivindicaciones correctamente. veámoslo detenidamente.

Jerónimo de Savonarola.

Su nombre completo era Girolamo María Frencesco Matteo Savonarola. Era el tercer hijo de siete hermanos. Sus padres, descendían de la noble familia de los Bonacolsi, Señores feudales en Mantua. Según las costumbres de las familias acomodadas de la época, era signo de pedigrí entregar varios hijos a las instituciones religiosas para convertirse en sacerdotes. Este fue el caso del joven Savonarola.

Su abuelo paterno, Michele Savonarola, causó honda impresión en el joven Jerónimo. Profundamente religioso y estudioso de la Biblia, era de costumbres sencillas. Fue doctor en medicina y médico personal del Marqués Niccolo III de Este.

Tras titularse como maestro, Jerónimo comenzó estudios de medicina. Finalmente, los abandonó para dedicarse a la teología. En concreto, al estudio de la doctrina católica. Un fervor apasionado de la exégesis bíblica en 1472 publicó «De ruina Mundi». Años después, en 1475, «De ruina Eclesiae». La semilla de la disidencia ya estaba anidada en Savonarola. En ambos libros equiparaba la Roma papal con la antigua y corrupta Babilonia. La hizo responsable de la «calamidada», de la «borrasca», que vivía la época. Refiriéndose a ella dejó escrito: «La cabeza está enferma. ¡Pobre de este cuerpo!»

La cabeza era Alejandro VI, que había sido elegido simoníacamente. Y la tiranía de los Médici se imponía por todas partes según Savonarola. Y él, pronto decidió ser uno de los adelantados. Uno de los que asumirá la vanguardia de una reforma. No era el único que pensaba que el Vaticano no estaba a la altura de lo exigido. Muchos eran los que pensaban con Savonarola que la Iglesia consentía en demasía prácticas demasiado onerosas. Eran demasiados los obispos y cardenales a los que se les consentían no pocos pecados, argumentaba Savonarola.

Fray Girolamo.

Con tal propósito de reforma, buscó refugio y acomodo en la orden de los dominicos. Los llamados, frailes predicantes. La prédica era fundamental para mantener el fervor religioso. Savonarola estaba dotado sobradamente de ella. Comenzó a hablar, comenzó a elaborar discursos encendidos que le llevaban al éxtasis. Acusaban en ellos, a la Iglesia de todos los pecados más terribles que uno pueda imaginarse. En sus prédicas, lanzaba su dedo acusador contra la dirección de la Iglesia. Contra Alejandro VI.

Sus ardientes predicaciones, llenas de avisos proféticos parecían cumplirse con los desastres que estaba viviendo la ciudad de Florencia en esos años. Muchos llegaron a creer que Savonarola era el último profeta.

Pero Girolamo, abrazó la causa de los predicadores con una fuerza excesivamente inusitada. Se convirtió en un ortodoxo a ultranza. Una vez ingresado en la orden, se entregó a la lectura obstinada de las Sagradas Escrituras. Textos evangélicos que inspiraron al joven Savonarola durante este periodo. Se sentía un mártir de la reforma.

Para ello, comenzó a ayunar. Ayunos que se hicieron célebres entre sus compañeros. Hubo momentos que incluso llegaba a rayar la muerte por inanición. Odiaba la comida y abrazaba con fuerza la frugalidad.

Solo la Religión, Solo Dios, predicaba constantemente. Solo lo puro, los conceptos más nobles del alma. Por ello, no dudó en someter a su cuerpo a castigos corporales. Latigazos, cilicio. Torturas que le hacían creerse un mejor creyente.

Mentalidad compleja.

Tenía Savonarola una mentalidad compleja sin duda alguna. Poseía una manera de entender la existencia, demasiado ortodoxa. Muy rigurosa. No sólo practicaba el ayuno, como hemos descrito. Pronto se dio a diferentes martirios para purificar su cuerpo. Hasta el punto que comenzó a manifestar ciertas alteraciones psicológicas.

Unido a ellas, también sufría de ataques epilépticos. Comenzó a comentar a sus hermanos que en cada ataque, recibía mensajes celestiales. Mensajes enviados por el mismísimo Dios. Estaba convencido que sus ataques epilépticos eran la manera que Dios tenía de comunicarse con él.

A menudo también, entraba en cólera. Contaban sus coetáneos que cuando tenía episodios de cólera, manifestaba una rabia furibunda sin precedentes. Los más cercanos comenzaron a recelar de Jerónimo, pero sus fieles eran cada vez más numerosos. Y no sólo en número. Sino también en entusiasmo y devoción.

Primero fueron unas decenas. Luego miles. Se cuenta que Florencia estaban tan impactada con el fraile Savonarola que en ocasiones llegaban a acudir a sus prédicas más de diez mil personas. Para entonces, Savonarola ya era un líder moral. Un referente espiritual. Los florentinos seguían a pies puntillas a Savonarola.

Sus fieles eran tantos y tan intensos que, se les puso el nombre de plañideros. Había gente que lloraba desconsoladamente o simplemente se desmayaba oyendo las prédicas de Fray Savonarola. El impacto en la ciudad era tal que sus seguidores le denominaban a él, el «Sócrates de Ferrara».

El «Sócrates de Ferrara».

Con éste entregado público, él se entregó a su causa. A partir de este momento Girolamo Savonarola asume su papel en la historia.

El Papa, los artistas en general, los homosexuales, y en general, la gente frívola, como él les llamaba, se iban a convertir en la diana de sus dardos más envenenados. A pesar de ello, siguió prosperando en el seno de la Iglesia que tanto denostaba. En 1491, con 39 años le concedieron la titularidad de la Iglesia de San Marcos, en Florencia.

Desde aquí, un privilegiado púlpito, los ataques tomaron mayor virulencia. El Papa Inocencio VIII fue el blanco de las primeras críticas de Savonarola. Dijo de él que era el personaje más ignominioso de toda la historia de la humanidad. Que nadie había podido cometer mayor número de pecados que el propio Inocencio VIII. Inocencio VIII representaba para Savonarola el mismísimo diablo. La reencarnación del demonio que tantas veces había tentado a Jesucristo.

Pero Inocencio VIII falleció en 1492. A la llegada al solio pontificio del nuevo Papa español Rodrigo de Borja, convertido ahora en Alejandro VI, la reacción de Savonarola no se hizo esperar. Acusó a todos los Borgia de incestuosos, pecaminosos, aberrantes y por supuesto, Alejandro VI era el peor de todos ellos.

En aquellos tiempos renacentistas, Savonarola se convirtió en un peligro real para el poder. Mientras, él cosechaba adhesiones inquebrantables. En el mismo periodo, el rey francés Carlos VIII quiso defender unos derechos sucesorios. Reivindicaba el Reino de Nápoles. A tal fin, invadió la península con un poderoso ejército. Savonarola tomó a Carlos VIII como el enviado de Dios que venía en su auxilio para su esperada reforma.

Expulsión de Los Médici.

Sintiendo en primera persona el apoyo de Carlos VIII a su causa, Savonarola ganó aún más confianza para llevar a cabo sus proyectos. El 8 de noviembre de 1494 la población florentina estalló en una revuelta popular. Por supuesto, el líder era Savonarola.

Los Médici fueron acusados de toda suerte de tropelías. Los todopoderosos gobernantes de Florencia fueron expulsados esa noche con más pena que gloria de la ciudad que habían gobernado durante tantas generaciones.

El jefe dominico Savonarola, entregó la ciudad a los franceses. Esperando a tal fin que Florencia se convirtiera en el ariete de una reforma cristiana como jamás se había visto en la historia.

Miles de enfervorecidos seguidores iban al dictado de Savonarola. Sus prédicas, sus liturgias. Todo lo que quería ofrecer Savonarola, recibía el eco oportuno. Todos reconocían en Savonarola a su líder y creían que juntos derrumbarían los muros del poder eclesiástico.

Alejandro VI por su parte, no dudó en contraatacar la ofensiva que llegaba desde el norte. Desde Florencia. No aceptar la autoridad papal era sinónimo a excomunión. El Papa sabía que Savonarola representaba un rival acérrimo. No obstante, optó por la vía de la diplomacia. Le ofreció el cargo cardenalicio a cambio de que rebajase sus críticas. Que mermaran sus ataques aireados.

Savonarola no aceptó. Era consciente del lugar que ocupaba. También de los seguidores que tenía y de la responsabilidad que había aceptado. Por este motivo, el capelo cardenalicio le sonó a tomadura de pelo. El rechazo del envite de Alejandro VI le hizo fuerte ante sus seguidores. De ahí, instauró la República teocrática Savonarense.

La hoguera de las vanidades.

Religado de poder, Savonarola instauró en Florencia una República Teocrática. Y como siempre sucede en la Historia cuando poder político y poder religioso van unidos, los nefastos frutos no tardaron en aparecer.

Por decreto, prohibió cualquier actividad lúdica. Todas las fiestas de Florencia quedaron abolidas. Se prohibió cantar. Se prohibieron a los poetas. La cosmética era considerada demoníaca. La policía de Savonarola rastreaba la ciudad buscando peines, espejos, maquillajes. Cualquier objeto de belleza era requisado y llevado al fuego.

Los escarmientos eran constantes. Los castigos, terribles. Todo aquel que era considerado culpable o blasfemo era perseguido. Como castigo, se le practicaba un agujero en la lengua. Muchos fueron ejecutados por herejes. El terror se adueñó de las calles florentinas.

Textos incunables de Petrarca, de Boccaccio fueron también a parar al fuego. Savonarola consideraba a estos autores modelo de lujuria. Por tanto, pecaminosos. Cuadros, estatuas y obras de valor incalculable que daban muestras del esplendor florentino fueron quemados por Savonarola. Este «auto de fe» ocurrido en 1497 pasó a la historia con el nombre de la hoguera de las vanidades.

Asombra que la ciudad luminosa que era la Florencia del Renacimiento estuviera dominada por el terror y la negritud durante este periodo. El terror de Savonarola era tal que nadie protestaba. Y así durante meses.

Los «arrabbiati» o los enojados.

Antes los desmanes de los plañideros surgió un movimiento de respuesta. Una reacción encarnada en los «arrabbiati». Los enojados. También les llamaban «los aireados». Preocupados por las consecuencias de las decisiones de Savonarola sobre la ciudad, decidieron crear este partido con el fin de expulsar a Savonarola de la ciudad.

A este partido de los enojados también se unieron los franciscanos, que presentaron una oposición reñida a Savonarola desde el principio. Los franciscanos se agrupaban en torno a la Iglesia de la Santa Cruz. Fueron los Franciscanos quiénes con Francesco de la Curia a la cabeza, propiciaron la tan deseada caída de Savonarola.

Mientras tanto, la curia no podía meter en cintura a aquella oveja tan rebelde. Por tanto, llegó el momento de medidas contundentes. Una de estas medidas fue la de hacer saber a los prebostes florentinos que, de seguir así, Florencia sería sometida al interdicto papal.

Esto significaba que la Iglesia suprimiría los sacramentos de la ciudad. Evitaría que la gente fuese enterrada en sagrado. Algo muy difícil para los florentinos. Cristianos a ultranza como eran, esta noticia les asustó. Pero la medida más grave aún quedaba por venir. La medida estrella del interdicto papal era que la curia prohibiría el comercio exterior de Florencia.

Esto fue demasiado para los magnates de la capital toscana. A partir de aquí, la conjura se comenzó a urdir en torno a Savonarola. El culmen llegó cuando el papa, harto de la situación, excomulgó al dominico. Era una situación de no retorno. No había marcha atrás.

Francesco de la Curia.

Pero del discurso que Savonarola pronunció cuando la hoguera de las vanidades, tomó buena nota Francesco de la Curia.

Recubierta de aceites, resinas y toda suerte de leña, Savonarola se jactaba de que todo debía de ser quemado porque todo era demoníaco. El fuego purificador de la hoguera de las vanidades servía para purificar a la población. Dios no quería ostentación. No quería frivolidad. No quería vidas disipadas. Todo debía ser pasado por el fuego, les explica a sus acólitos. Y él mismo argumenta que ni él siente temor alguno al fuego porque él es un hombre puro.

Francesco de la Curia vio en este discurso la llave de acorralar a Savonarola. El titular de la Iglesia de la Santa Cruz de Florencia se agarra como a un clavo ardiendo a estas palabras pronunciadas por Savonarola.

Francesco somete a Savonarola a un duelo. Y le explica: «si tú dices que eres tan puro que no temes al fuego, yo te solicito una prueba. Esta prueba consiste en que tú y yo nos sometamos a dos hogueras. Cada uno irá a la hoguera y veremos a quién hace caso Dios. Si yo muero quemado tú tendrás razón. En caso contrario seré yo quien la tenga. Si no tienes temor a Dios ya que eres un hombre puro, te pido esta prueba definitiva».

Savonarola acepta. Piensa que el fuego no le puede dañar. En consecuencia, se preparan sendas hogueras en la Plaza de la Señoría de Florencia. Dos hogueras. Una para Francesco de la Curia y otra para Savonarola. Es el 7 de abril de 1498.

Plaza de la Señoría.

Los florentinos se agolpan en torno a las dos hogueras. Francesco acude a la cita. Savonarola no se presenta. Las murmuraciones comienzan a recorrer Florencia. La gente estaba ya muy harta de las tropelías del dominico. Con la ausencia a la prueba definitiva, se comienza a cuestionar si era tan puro como decía.

Desde la Iglesia de San Marcos, Savonarola apela a sus fieles a que un gran milagro va a ocurrir ese día en Florencia. Pero la gente ya dejó de oírle. Tan sólo sus fieles plañideros le eran fieles. Había hambre de justicia en Florencia. Los enojados querían venganza por los años de sometimiento.

Se produjo una batalla campal. Decenas de cadáveres comenzaban a sembrar las calles. Savonarola se refugió en San Marcos esperando los acontecimientos.

Pero los magnates florentinos habían decidido acabar con la situación. No querían recibir el interdicto papal. Querían que Florencia fuera libre. Ya no querían a ningún profeta en su tierra.

Savonarola fue prendido con los pocos seguidores que le quedaban. Fueron apresados y llevados a prisión. Le torturaron durante 42 días.

La sentencia fue de muerte. El 23 de mayo de 1498 se ejecutó la orden. Savonarola fue primero ahorcado. Aún vivo, lo descolgaron y lo quemaron en una hoguera. Después, sus cenizas fueron arrojadas al río Arno.

Savonarola en la memoria.

Girolamo Savonarola no está solo en la Historia. Hay muchos casos como el suyo. Con cierta frecuencia, sucede que los que comenzaron disintiendo se fueron deslizando hacia la intolerancia. La historia de la Iglesia conoce suficientes ejemplos. El caso de Savonarola es paradigmático. Irónicamente, incluso es posible su canonización. Para mayor asombro, el escenario de su actividad fue la Florencia del máximo apogeo renacentista.

A Nietzsche le gustaban los «rasgos poderosos del hombre del Renacimiento». Pero lo cierto es que la sociedad y la Iglesia de la época habían tocado fondo. La venganza era considerada como un derecho. El bandolerismo como una costumbre. La violencia y el envenenamiento como un medio normal para alcanzar el ansiado poder. La Iglesia de Roma era para Savonarola «la Babilonia» pecaminosa. La hizo responsable de la calamidad y de la borrasca que vivía la época.

Savonarola quiso cambiar las cosas. Su gran arma fue su palabra. Censuró todo lo que consideró antievangélico. Su blanco preferido fue el clero. Atacó la multiplicación de las misas. «Ojalá hubiera escasez de ellas», escribió. Pero queriendo restablecer la antigua disciplina de la Iglesia, acentuó los rasgos de su impresionante predicación apocalíptica. Anunció castigos inminentes y terribles. Quiso implantar la ciudad de Dios sobre la tierra. Su rigor fue extremo.

La justa disidencia inicial del dominico se deslizó hacia la intolerancia. Quizás, como Nietzsche sugería en «El Anticristo», es cierto que todos los grandes convencidos son intolerantes. Savonarola primero, pero Lutero o Calvino después, rompieron con Roma reprochándole autoritarismo e intolerancia. Pero bien pronto, pasaron a ser tan autoritarios e intolerantes como la instancia romana que criticaban.

Intolerancia de ilustres disidentes.

Junto al de Savonarola, existen dos tristes episodios en los que se muestra la intolerancia de éstos dos ilustres disidentes. Lutero la ejerció amplia y cruelmente en la «rebelión de los campesinos». Cansados de sufrir injusticias y penalidades, los campesinos, acaudillados por Thomas Münzer, uno de los grandes revolucionarios utópicos, se entregaron a la desesperación. Espoleados por el hambre y la fiebre apocalíptica, no se detuvieron ante el pillaje, el asesinato y la destrucción de castillos, convento e iglesias.

Y no fue mucho más brillante la rígida teocracia implantada por Calvino en Ginebra. Hasta un pobre orfebre fue juzgado y hallado culpable de haber hecho un cáliz para la misa católica. También fue juzgada una mujer que rezaba ante la tumba de su marido. El reformador había prohibido rezar a los muertos.

Pero el episodio más penoso fue el de la quema del médico español Miguel Servet. Fue quemado vivo junto a sus libros en presencia de Calvino el 27 de octubre de 1553. Su delito: mantenía opiniones sobre la Trinidad que al reformador de Ginebra le parecían heterodoxas.

La historia ha conocido, pues, grandes disidentes que terminaron en la intolerancia. Se trató de hombres más propensos a ejercer la disidencia que a tolerarla. Orquestaron, y les asistía la razón, grandes disidencias, pero se mostraron incapaces de tolerar que oros disintiesen de ellos. Cosas de la condición humana.

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