Italo Calvino, el novelista filósofo.

Italiano universal, Italo Calvino, por avatares del destino, nació un 15 de octubre 1923 en la isla de Cuba.
Su padre, era allí el director de un proyecto experimental sobre agricultura tropical.
Con apenas dos años, regresó a Italia. En concreto a San Remo. Más tarde, en los años universitarios, se trasladaría a la Universidad de Turín.
Por impositivo paternal, comenzó a estudiar agronomía, pero sus estudios se vieron truncados. No por falta de vocación. En esta ocasión, como tantos miles de jóvenes, fue la Segunda Guerra Mundial la que conculcó la formación de Italo Calvino.

Acabó desertando del conflicto bélico y se enroló junto a su hermano con los partisanos de la brigada Garibaldi tras finalizar el requerimiento de la República Social Italiana para el servicio militar. Mientras tanto, sus padres eran detenidos y hechos rehenes por la Alemania nazi.
De aquí surgió su primera novela: “El sendero de los nidos de araña”.
Los expertos en Italo Calvino, presentan esta breve etapa del autor como neorrealista.

Italo Calvino y la literatura fantástica

Rápidamente, Italo Calvino se vio inmerso en el universo de la literatura fantástica. A modo de fábula. Con estilo sencillo y contenido profundo. Será la hora de la trilogía compuesta por “El vizconde demediado”, “El barón rampante” y finalmente “El caballero inexistente”.

Es precisamente en su estancia en Turín donde conoce a Cesare Pavese y a Elio Vittorini. Escritores ambos que marcarán e influenciarán su trayectoria vital y literaria. Igualmente en Turín se afilia al partido comunista comenzando así una malograda relación que acabará definitivamente en cese y salida del partido en 1957 por decisión del autor.

Cumplidos ya los 41 años, tal vez por añoranza del pasado infantil, viaja a Cuba para recodar antiguos paisajes.
Allí conoce a Ché Guevara y a la que sería su futura esposa, la traductora argentina Esther Singer.
Viven tres años en Cuba y después dan el salto a París en donde permanecerán trece años. En su estancia parisina, el matrimonio será intimo amigo de Julio Cortázar. De este modo, la conexión hispana de Italo Calvino sigue nutriéndose.

Concluida la etapa fantástica, Italo Calvino opta por un tono más moralista o si se quiere, más filosófico.
Entra en contacto con Raymond Queneau y de la influencia con él, surgen títulos como “El castillo de los destinos cruzados”, “Las ciudades invisibles”, “Si una noche de invierno un viajero” o su testamento vital: “Palomar”.

Italo Calvino y los clásicos.

Italo Calvino, se interrogó a lo largo de su vida sobre la necesidad imperiosa de leer a los clásicos.
De hecho, él mismo redactó varios ensayos sobre sus autores de cabecera: Balzac, Stendhal, Plinio u Homero.
En algún lugar dejó escrito “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. También, “cuánto más cree uno conocerlos, tanto más nuevos, inéditos e inesperados resultan”.

Aparte de los mencionados anteriormente, también eran clásicos para Italo Calvino, Voltaire, Montaigne o Borges. Sobre ellos, escribió también varios ensayos y artículos.
De quién no dejó nunca nada escrito fue sobre nuestro Cervantes. Y es curioso, porque sin dejar ningún texto concreto sobre sobre él, el espíritu de Don Miguel de Saavedra recorre toda la producción literaria de Italo Calvino.

Si hoy nos hiciéramos la misma pregunta sobre la importancia de leer a los clásicos, no hay nadie mejor para contestarla que el profesor Ossola. En su libro “Italo Calvino: universos y paradojas” no sólo establece que Italo Calvino ya es un clásico entre nosotros. También deja claro que es un clásico del siglo XX por su enorme capacidad de eliminar lo no esencial. En las obras de Italo Calvino, no existe nada pasajero. Así, obtiene el don supremo del arte: la transparencia.

Italo Calvino: interpretación total del mundo

La obra de Italo Calvino es una interpretación total del mundo. De todo lo visible pero también de todo lo invisible. De todo lo posible, pero también de todo lo probable.
Concluye el profesor Ossola con unas recomendaciones bastante prácticas para la lectura de Italo Calvino.
Para los más jóvenes, recomienda la lectura de “El barón rampante”. La razón es sencilla. En esta obra, Italo Calvino explora, contempla y explica el mundo desde lo alto, pero sin cercenar respuestas ni diálogo.

Para los conocedores de su obra, “La jornada de un escrutador”, un relato sobre la conciencia de la crisis existencial.
Para los más versados, “El palomar”. Gran reflexión sobre la vida y la muerte. Italo Calvino, desde el detalle más ínfimo del hombre, nos ofrece en “El palomar”, una teología o cosmovisión ascendente que comienza hablando del hombre y termina en un intento de diálogo con el universo.

Italo Calvino, filósofo.

Contaba Francisco Jarauta, filósofo que conoció a Italo Calvino en París, que la clarividad de Italo Calvino era un modelo de literatura.
Jarauta insistía que en el fondo, Italo Calvino era un moralista que situaba la vida en sus justos límites.
Prueba de este estilo clásico es su última novela “Palomar”. En palabras de Jarauta, esta obra, la mejor del autor, es un texto de madurez que recorre la vida, la obra y el pensamiento de Italo Calvino.

El gran público se declinó sin embargo por otros títulos como la trilogía “Nuestros antepasados”, destacando entre ellos “El barón rampante” como el más conocido de Italo Calvino.
En el terreno del ensayo, se llevan la palma, la obra “Seis propuesta para el próximo milenio”, publicado tras su fallecimiento.
En total, más de una docena de novelas, otro tanto de libros de cuentos y diversos ensayos. Sin mencionar cartas y artículos. Todo esto es el legado de Italo Calvino. Un legado que nos dejó definitivamente un 19 de septiembre de 1985 en su casa de Roma.

Los novelistas amados de Italo Calvino.

«Amo, sobre todo, a Stendhal porque sólo en él la tensión moral individual, la tensión histórica y el impulso vital son una misma cosa: tensión lineal novelesca.

Amo a Pushkin porque es transparencia, ironía y seriedad.

Amo a Hemingway porque es ‘matter of fact, undestatement’, voluntad de felicidad, tristeza.

Amo a Stevenson porque parece que vuela.

Amo a Chéjov porque no va más allá de donde va.

Amo a Conrad porque navega en el abismo y no naufraga.

Amo a Tólstoi porque a veces estoy a punto de entender cómo lo hace y, en cambio, no entiendo nada.

Amo a Manzoni porque hasta hace poco lo odiaba.

Amo a Chesterton porque quiso ser el Voltaire católico y yo hubiese querido ser el Chesterton comunista.

Amo a Flaubert porque después de él no se puede pretender hacer nada que se le parezca.

Amo al Poe del ‘Escarabajo de oro’.

Amo al Twain de ‘Huckleberry Finn’. Amo al Kipling de ‘El libro de la selva’.

Amo a Nievo porque lo he releído muchas veces divirtiéndome tanto como la primera.

Amo a Jane Austen porque no la leo nunca pero me alegro de que exista.

Amo a Gógol porque deforma con precisión, maldad y medida.

Amo a Dostoievski porque deforma con coherencia, con furor y sin medida.

Amo a Balzac porque es visionario. Amo a Kafka porque es realista.

Amo a Maupassant porque es superficial.

Amo a Mansfield porque es inteligente.

Amo a Fitzgerald porque está insatisfecho.

Amo a Radiguet porque la juventud nunca vuelve.

Amo a Svevo porque alguna vez habrá que envejecer…».

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