El Coloso de los Apeninos

Contemplar al Coloso de los Apeninos, es una de las experiencias más gratificantes de un viaje por la Toscana. Entre las ciudades más conocidas de la región, nos suenan Florencia, Pisa o Siena. Pero hay otros rincones que igualmente deslumbran al visitante. Este es el caso de Vaglia. En esta localidad de apenas 5000 habitantes, se encuentra una de las tantas villas mediceas repartidas por toda Toscana. Aunque la villa fue demolida en 1820, el Coloso de los Apeninos continúa siendo el eje central de Villa Pratolino. Declarada en 2013 Patrimonio de la humanidad, el Coloso de los Apeninos y el conjunto de la Villa Demidoff Pratolino, que es como se denomina actualmente, nos esperan en silencio.

Al cruzar el umbral de Villa Pratolino, uno comprende al instante que el tiempo y el espacio cobran allí otra dimensión. No basta visitar el Coloso de los Apeninos como mero espectador. Para sentir la magnificencia original de todo el conjunto arquitectónico, el visitante ha de trasladarse a la Florencia del Renacimiento. Comprender la mentalidad florentina de la época y sobre todo, esforzarse en vislumbrar la cosmovisión que sobre mundo tenían los Mèdici.

En 1568 Francisco de Médici adquirió un vasto terreno al norte de Florencia. Ubicado en el municipio de Vaglia, es una zona montañosa. Aquí le encargó a Bernardo Buontalenti construir una villa y diseñar sus jardines. Pero aunque la historia oficial sea tan aséptica, el caso es que la otra historia, la oficiosa se acerca a veces más a la verdad. A esa intrahistoria que le gustaba tanto a nuestro Unamuno y que es la verdadera valedora de los secretos del movimiento del mundo. Y es que el Coloso de los Apeninos no fue pensado solamente como obra de arte.

El origen de Villa Pratolino.

Su verdadero origen tiene nombre de mujer: Bianca Cappello.

Aunque con posterioridad llegara a ser la Gran Duquesa Consorte de la Toscana, en 1568, Bianca era solamente la amante de Francisco de Médici.

Era famosa por su refinamiento y belleza. Con 15 años se escapó con el florentino Pietro Bonaventuri, ligado a la familia de los banqueros Salviati. Su padre intentó deshacer el matrimonio. Alegaba que Bianca no conocía realmente la posición económica paupérrima de Pietro. No era de la misma opinión el Gran Duque Cosme I de Mèdici. De hecho, impidió que el matrimonio se invalidara. Fue durante este periodo que Bianca y Francisco, hijo de Cosme, se conocieron. Entablaron entonces una relación amorosa fuerte y duradera. De hecho, continuó incluso tras la muerte de Cosme I. También sobrevivió al convertirse Francisco en el Gran Duque de Toscana.

Pietro aceptó las relaciones de su mujer a cambio de obtener un alto cargo en el Gran Ducado. Por su parte, Juana de Habsburgo también era consentidora de las relaciones de Francisco. Todos eran conocedores que la atracción entre Bianca y Francisco no podría deshacerse de cualquier manera.

Pero en 1577 la situación privilegiada de Bianca cambió de repente. Juana tuvo un hijo varón de Francisco al que llamó Felipe. La sucesión estaba asegurada y Bianca pasó a un segundo plano. Desgraciadamente, en 1582, el pequeño Felipe falleció y Francisco se refugió de nuevo en los brazos de Bianca.

Retener a Francisco a toda costa.

Contenta de nuevo por poseer el favor de Francisco, Bianca intentó prevenir el que no se volviera a ir de ella. Ante la imposibilidad de tener hijos y darle un heredero a Francisco, intentó hacer pasar por hijo propio y de Francisco al hijo de una criada. Antonio de Médici llamaron al muchacho.

En este punto, los historiadores coinciden en el origen desconocido de Antonio pero el caso es que Francisco lo reconoció en 1583.

Tras un parto mal logrado, Juana de Habsburgo murió y en 1578 Bianca y Francisco se casaron en secreto. Una año después lo hicieron público. Ambos tuvieron unos años de felicidad. Fueron unos días alegres los que pasaron en Villa Pratolino contemplando ambos al Coloso de los Apeninos y paseando por sus parques.

Pero en 1587 mientras disfrutaban unos días de caza en Villa Poggio a Caiano, tras una cena, los duques cayeron enfermos. Se habló de tercianas pero lo cierto es que los envenenaron. Tras once días con unas terribles calenturas, Francisco falleció y Bianca al día siguiente. Ninguno supo que el otro había muerto.

Artistas en Villa Pratolino.

Villa de Pratolino (actualmente Villa Demidoff), ya hemos dicho que fue mandada a construir por Francisco de Médici para acoger sus encuentros con Bianca Cappello.

Para ello, varios artistas florentinos fueron llamados a trabajar en el proyecto. Vicenzo Danti, Bartolomeo Ammanati y Giovanni Bologna, más conocido como Giambologna, o Juan de Bolonia en España. Él fue el autor de nuestro monumental Coloso de los Apeninos.

Buontalenti diseñó los mecanismos para los jardines. Juegos de agua y figuras animadas. Condujo el agua que brotaba de la fuente del Apenino y la llevó hasta las estancias de la planta baja de la villa. Desde aquí, máquinas hidráulicas accionaban los autómatas y fluían por los numerosos conductos del jardín.

Del Apenino se conservan tres bocetos tridimensionales de terracota muy interesantes. En todos ellos se evidencia la imaginación creadora de Giambologna, puediendo admirar en la arcilla las huellas de los instrumentos y de los dedos con los que se plasmó rápidamente la forma. El primero es un Dios fluvial de unos 30 por 39 centímetros, ubicado hoy en el Victoria and Albert Museum de Londres. Reinterpreta el tipo clásico de figura reclinada, sosteniéndose en un codo.

El segundo boceto es un Apenino de 33 por 51 centímetros que hoy está en el Museo del Bargello de Florencia. En éste, modificó la idea inicial de un dios fluvial, por un dios montaña, en relación con la ubicación de la villa en las estribaciones montañosas de los Apeninos. Éste se inclina y aplasta un pez con su mano derecha.

El tercero y último boceto del Coloso de los Apeninos, es una figura inclinada que apoya la mano izquierda, como si fuera a levantarse. Finalmente, Giambologna optó por esta postura para la obra final.

Detalles del Coloso de los Apeninos.

El Apenino de la villa de Patrolino está tallado en la roca. De ella, parece emerger la figura. Diez metros y medio es su altura total. La idea original de Giambologna era homenajear a la cadena montañosa que con más de 1500 kilómetros recorre la península italiana longitudinalmente.

El escultor aprovechó para su realización un afloramiento rocoso al lado de un lago artificial. Para ello, talló la parte exterior con la forma de un dios de la montaña que parece salir de la misma roca. Así mismo junto a la gruta natural que había en la roca, construyó otros habitáculos.

Estalactitas cuelgan de sus cabellos, barba y hombros. La parte superior está construida con ladrillo y la cubierta con cemento e incrustaciones de lava. La cabeza está sostenida por un gran hierro con. En la base, alberga una gruta a la que se accede por detrás. A la altura del torso se construyó un pequeño reciento. Se colocaron ventanas debajo de las axilas y de la barba del Dios Montaña. El agua fluye de la boca del pez atrapado bajo su mano, y se vierte en un lago artificial.

El propósito de los habitáculos de su interior era diverso. El que está a la altura de la nariz fue diseñado como chimenea, y de esta manera, salía el humo. Visto desde fuera,  daba la impresión que el Coloso de los Apeninos estaba enfurecido. En las noches de verano, también hacían fuego en la caverna superior a la altura de los ojos. Los asistentes a las veladas en el lago, podían contemplar así como se le iluminaban los ojos al Coloso de los Apeninos.

Avatares de Villa Pratolino.

El Coloso de los Apeninos, figura central del parque de Pratolino, representa una magnífica exposición del manierismo italiano de finales del siglo XVI.

A tan sólo 12 kilómetros de Florencia, podéis visitarlo. El recinto se encuentra abierto durante las horas de luz entre los meses de abril a octubre.

A pesar del origen esplendoroso de la Villa por parte de Francisco de Mèdici para Bianca Cappello, el parque cayó en desuso. En el siglo XVIII la villa quedó abandonada y en 1820 fue destruida casi por completo. Se pensó entonces rediseñarla como jardín inglés. Pero en 1897 lo que quedaba de Villa Pratolino fue vendido al príncipe ruso Paolo Demidoff.  Éste restauró la villa y la remodeló como residencia veraniega. En el correr de los años, la Villa Pratolino fue heredada por el príncipe Pablo de Yugoslavia. Finalmente, sus descendientes la vendieron al ayuntamiento de Florencia que la convirtió en un parque público. En 2003 fue declarada por la Unesco como Patrimonio mundial de la humanidad con la denominación de «Villas y jardines Mèdici en Toscana».

Visitantes ilustres

A pesar de su inicial carácter privado, por Villa Pratolino han pasado muchos ilustres visitantes. Uno de los primeros fue Michel de Montaigne. El humanista francés visitó la villa en el verano de 1581. Montaigne dejó por escrito el impacto que le causó contemplar el Coloso de los Apeninos.

Con posterioridad, Francesco de Vieri, otro florentino ilustre, también dejó por escrito sus impresiones sobre la Villa. En 1599, el pintor flamenco Giusto Utens realizó varios dibujos del coloso. A mediados del siglo XVII, el también pintor, Stefano della Bella, realizó seis grabados sobre los jardines y el coloso.

Todos los visitantes ilustres alababan el gusto y el uso al que fue destinado Villa Pratolino. Pero a pesar del éxito de la villa, de sus fuentes y la impresión que causaba el Coloso de los Apeninos, tras la muerte de Francisco, la villa fue abandonada.

Avanzado ya el siglo XVIII, algunas esculturas fueron trasladadas a los Jardines de Boboli y Pratolino cayó en un profundo sueño.

Salió del letargo en 1798, cuando un viajero alemán quedó impresionado con las ruinas de la villa. A raíz de esta visita, la dio a conocer entre la sociedad romántica del XIX hasta que incluso el Duque Fernando III la eligió como lugar para pasear y disfrutar del aire fresco y salvaje de la maleza y la vegetación abandonada. Tras este último uso fue cuando llegó la familia Demidoff que le dio el último impulso definitivo a Pratolino.

Aunque Villa Pratolino esté fuera de los grandes circuitos del turismo, os recomiendo que si pasáis por Florencia, dediquéis una mañana a admirar esta maravilla del Renacimiento florentino. La experiencia vale la pena.

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