El Adriático italiano, lugares por descubrir.

El mar adriático es elegante y literario. Así lo describen la mayoría de los escritores que lo visitan.
Entre las ciudades italianas que bordean el mar Adriático se encuentran algunos de los más bellos e inspiradores enclaves del sur de Europa. Al margen de las turísticas, pero imprescindibles, Venecia o Dubrovnik, hay otros muchos rincones por descubrir. Fortalezas que se alzaron para defenderse de los piratas. Enclaves llenos de historia esperando que los encontremos. También nostálgicos cafés que visitaron poetas y artistas románticos. Igualmente, magníficas plazas adoquinadas que se asoman a un Mediterráneo todavía transparente. Pero comenzamos sin duda por la reina de todas ellas: Venecia.

Venecia: la ciudad más bella del mundo.

Loa venecianos nos regalaron principalmente arte. También música barroca. Preciosas óperas modernas. Y fundamentalmente, una gastronomía basada en la ruta de las especias. En definitiva, elegantes modas bohemias que se adornan con un cóctel Proseco y un Aperol digno del gran Canal. Hoy, Spritz.

Actualmente, Venecia acoge a arquitectos de vanguardia y benefactores multimillonarios que animan la escena artística. Resulta imposible dar un decálogo de lugares para visitar en Venecia en la primera visita. Pero el Palazzo Ducale, el museo Correr o el Teatro La Fenice son irrenunciables.

Y al lado de sus numerosos palacios asomando a los canales, no menos bellas son sus iglesias coronando sus piazzas y campi. Como colofón final, el omnipresente Gran Canal y sus gondolieri.

Para los gourmets son imprescindibles, además, paradas en el Mercado de Rialto, en el histórico Caffè Florian de la plaza de San Marcos. También en el literario Harry’s Bar. Finalmente, la isla-huerto al otro lado del puente de Burano . En la isla cultivan de todo. Allí podremos “devorar el paisaje” en forma de ñoquis, pescados de la laguna y otras delicatesen que se pueden degustar en un patio junto a los viñedos.

Trieste, Ciudad de cafés literarios.

Según la escritora de viajes Jan Morris, Trieste «no ofrece ningún monumento inolvidable, ninguna melodía universalmente familiar ni una gastronomía inconfundible». Pero sin embargo, cautiva a sus visitantes.

La ciudad es objeto de culto para numerosos escritores, viajeros, exiliados e inadaptados. Devotos de Trieste que elogian sus relucientes cafés belle époque. También los oscuros y acogedores bares. Sin olvidarse, claro está, del enloquecedor viento de bora.
Esta ciudad del Adriático italiano, situada en una meseta kárstica, está completamente rodeada por Eslovenia. Se encuentra físicamente aislada del resto de la península itálica.
Su singularidad histórica, por tanto, no es accidental. Ya desde el siglo XIV, Trieste ha mirado hacia el este y se convirtió en puerto franco bajo el dominio austríaco. La ciudad floreció entonces con los Habsburo durante los siglos XVIII y XIX. Llamada poéticamente el Salón de Viena a orillas del mar, Trieste era una ciudad donde la cultura italiana se mezclaba con la germánica, la eslava, la judía e incluso la griega.
Su Piazza dell’Unità d’Italia es un elegante triunfo del urbanismo austrohúngaro y del orgullo civil contemporáneo. Trieste es siempre el lugar ideal para pasar un momento tranquilo contemplando barcos en el horizonte.
Una de la mejores cosas de Trieste son sus caffés, palacios majestuosos que evocan el pasado, como el Caffè Tommaseo, prácticamente igual que cuando abrió sus puertas en 1830, con ricas molduras en el techo y espejos vieneses en sus paredes. El Caffè Torinese, el más céntrico y acogedor de estos locales históricos, es un salón pequeño y exquisito. Lo contrario al Caffè San Marco, gigante y melancólico, inaugurado justo antes de la primera Guerra Mundial y decorado con extraños cuadros de máscara y montones de mesas de mármol.

Riviera del Brenta, Los veraneos más románticos del Adriático italiano.

Históricamente, en Venecia el verano empezaba oficialmente cada 13 de junio con un atasco monumental en las aguas del Gran Canal, provocado por una flotilla de adinerados venecianos que se dirigían a sus villas ubicadas a orillas del río Brenta.
Cada vestido de gala y silla de póquer se cargaba en barcazas para disfrutar de un período de diversión que se alargaba hasta noviembre. La fiesta terminó con la llegada de Napoleón en 1797, pero todavía hay 80 villas en la llamada Riviera del Brenta. Las de propiedad privada, y los setos que las rodean, dejan todavía mucho a la imaginación, pero en cuatro de ellas, abiertas como museos, se pueden ver sus interiores.
La villa más romántica, probablemente, es la Villa Foscari, diseñada por el arquitecto Andrea Palladio en el siglo XVI. Pero sin duda hay más. Por ejemplo, la decadente y rococó Villa Widmann Rezzonico en Foscari. Tampoco hay que perderse la versallesca Villa Pisani Nazionale.

Lecce, Esplendor barroco.

Una de las grandes sorpresas del sur del Adriático.
De predominante estilo barroco, es una obra maestra de la arquitectura con palacios e iglesias esculpidos en blanda roca arenisca.
Lecce está llena de sorpresas: uno puede estar curioseando entre prendas de diseñadores milaneses. Pero,  de repente, toparse con una iglesia profusamente decorada. Hermosas columnas rematadas por espárragos, pájaros dodó decorativos y duendecillos juguetones.
Lecce tiene más de cuarenta iglesias y, al menos, otros tantos palacios, todos construidos o remodelados entre los siglos XVII y XVIII, lo que otorga una cohesión extraordinaria a la localidad. Thomas Ashe, viajero del siglo XVIII, la consideró “la ciudad más bella de Italia”.
Sin embargo, para el marqués de Grimaldi, quizá menos impresionable, la fantasiosa fachada de Santa Croce, le hacía pensar en la pesadilla de un lunático.
En cualquier caso, se trata de una ciudad animada y universitaria con boutiques selectas, tiendas de antigüedades, restaurantes y bares. Tiene fácil acceso a los mares Adriático y Jónico y es una excelente base para explorar la comarca de Salento.

Rávena, La ciudad de los mosaicos.

Desde que salimos de la diminuta estación de trenes, enseguida sentimos que Rávena es una ciudad diferente.
Históricamente llena un hueco poco conocido entre la caída del Imperio romano y la llegada de la Alta Edad Media. En este período los ravenenses gozaron de una prolongada época dorada. Entretanto, el resto de la península itálica sufría las invasiones bárbaras.
Entre los años 402 y 476 Rávena fue capital del Imperio romano de Occidente. Los bizantinos, recién llegados legaron a la ciudad preciosos y coloridos mosaicos repartidos por las iglesias cristianas de terracota.

Las obras maestras de Rávena, a base de oro, esmeraldas y zafiros, datan de los siglos IV al VI.  Estos mosaicos dejan al viajero boquiabierto.

Dante, impresionado, las describió en su época como “una sinfonía de colores”. El propio artista pasó los últimos años de su vida admirándolas.
El romántico Lord Byron contribuyó a la fama literaria de Rávena. Pasó un par de años viviendo en la ciudad. Después se trasladó a Grecia.
Fueron declarados patrimonio mundial en 1996. La referencia imprescindible es la Basílica di San Vitale. También el Mausoleo de Gala Placidia. Sus teselas, del año 430, son las más antiguas de Rávena. Otra visita imprescindible, el  Battistero Neoniano. Es el edificio intacto más antiguo de la ciudad, de finales del siglo IV.
Seguidamente, La Basílica di Sant’ Apollinare Nuovo, también es imprescindible visitarla.
La Tumba de Dante, el mausoleo de Teodorico y la Basílica di Sant’ Apollinare in Classe, son de las primeras iglesias cristianas de Rávena. Aunque muchos turistas la pasen por alto, Rávena es imprescindible para conocer la historia de la península italiana.
Esperamos que alguna de estas bellas ciudades italianas os hayan atraído lo suficiente como para visitarlas este verano. Desde italianamente os deseamos felices vacaciones a todos.
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