Carnaval de Venecia en italianamente

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La ciudad sin nombres

 

Carnaval de Venecia significa que los nombres dejan de ser necesarios.

Eso pensó Pietro al cruzar el puente de la Accademia la mañana de la Plaza de San Marcos, envuelto en su Bauta impecable: máscara blanca, mentón prominente, capa negra y tricornio. Nadie podía reconocerlo. Ni siquiera él mismo.

La Bauta, nacida en el siglo XVII, no era una máscara cualquiera: permitía hablar, beber, mezclarse. En su origen no fue solo carnavalera; los venecianos la usaban para borrar diferencias sociales. Bajo ella, un noble y un gondolero podían ser iguales.

Pietro la había elegido por eso. —Aquí todos somos nadie —murmuró.

—O por fin alguien —respondió una voz a su lado.

Se giró. Frente a él, un joven con Volto blanco —la máscara más simple y, paradójicamente, la más contemporánea— lo observaba con curiosidad. El Volto, también llamado Larva, había evolucionado con el tiempo: hoy es el lienzo neutro del carnaval moderno, heredero directo de la antigua necesidad de anonimato.

—Me llamo… —empezó Pietro. —No —lo interrumpió el desconocido—. Hoy no. Sonrió. Así comenzó todo.

La Festa delle Marie y las historias repetidas

Días después, la ciudad celebraba la Festa delle Marie, uno de los eventos más antiguos del carnaval. Doce jóvenes vestidas como nobles del siglo X desfilaban entre música y seda, recordando un antiguo ritual de bodas colectivas.

Pietro y el joven —a quien llamaba mentalmente Volto— observaban desde un lateral.

—¿Sabías que esta fiesta celebra matrimonios? —preguntó Pietro.

—Irónico, ¿no? —respondió él—. Todo el mundo celebra uniones… mientras se esconden.

El carnaval siempre fue así: una celebración pública con emociones privadas. La Festa delle Marie había sobrevivido siglos, reinventándose tras prohibiciones, guerras y silencios. Como Venecia misma.

Colombina y el arte de decir sin decir

Una noche, Pietro perdió a Volto entre la multitud. Lo buscó entre Colombinas de máscaras doradas y medias caras descubiertas. La Colombina, nacida del teatro de la commedia dell’arte, no ocultaba del todo: miraba directamente.

—No todas las máscaras quieren esconderse —le dijo una mujer vestida de Colombina, como si leyera su pensamiento— Algunas quieren elegir qué mostrar.

Pietro entendió entonces que buscaba algo más que a Volto. Buscaba ser visto.

El Vuelo del Ángel

El domingo amaneció expectante. La plaza estaba llena. Desde lo alto del campanile, una figura descendía lentamente sobre la multitud: el Volo dell’Angelo.

El Vuelo del Ángel simboliza la bendición del carnaval. En origen fue una proeza acrobática; hoy es un ritual cargado de emoción colectiva.

Pietro sintió una mano enguantada tomar la suya.

—Sabía que mirarías al cielo —dijo Volto. —¿Y tú? —Yo te miraba a ti.

Durante unos segundos, mientras el ángel descendía, Venecia contuvo la respiración. El carnaval no juzgaba. Solo observaba.

La Moretta y el silencio elegido

Aquella noche, Volto apareció con una Moretta: negra, ovalada, inquietante. Pietro lo supo enseguida: esa máscara se sostenía con un botón mordido desde dentro. No permitía hablar.

—¿Por qué esa? —preguntó Pietro. Volto no respondió. No podía.

La Moretta había sido usada por mujeres venecianas en el siglo XVIII. Su silencio no era sumisión: era poder. Obligaba a escuchar, a mirar, a interpretar.

Pietro lo entendió. Tomó su mano. No hacían falta palabras.

Cuando cae la máscara

El Martes de Carnaval, la ciudad empezó a despedirse de sí misma.

Pietro y Volto caminaron al amanecer. Se quitaron las máscaras.

—Me llamo Luca —dijo él.

—Pietro —respondió.

Venecia volvía a ser reconocible. Ellos también.

Pero algo había cambiado.

El carnaval no sirve para huir de quien eres,

sino para ensayar quién podrías llegar a ser.

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